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lunes, 24 de diciembre de 2018

LA BURBUJA FALAZ DE LA NAVIDAD



Una leyenda dice que Satanás y sus demonios celebraron una fiesta de navidad. Cuando los demonios se retiraban, uno de ellos se acercó y con una sonrisa  sarcástica  le dijo a Satanás: “Feliz Navidad, majestad.” Satanás le respondió cínicamente: “Sí, manténganla feliz porque si alguna vez la gente la toma en serio, estaríamos en problemas.”
Más allá de ser una leyenda, la verdad es que a Satanás le fascina que la gente viva sumergida en medio de una celebración navideña carente de lo esencial. A Satanás no le afecta que usted celebre la navidad con luces pasmosas y cenas exuberantes, a él no le molesta que usted decore su sala con bello árbol y un nacimiento navideño. Lo que le molestaría a Satanás es que usted se tome en serio la navidad al reconocer que  Jesús es el Señor de la Navidad y le entregue su corazón para que Él sea él Salvador de su vida.     Satanás es el «…padre de mentira» (Juan 8.44) y sutilmente le hará vivir una vida farsante. Él puede aún inducirle a festejar una fiesta cristiana como la navidad aunque usted esté tan  vacío de Jesús en su corazón.  
Cuando la celebración de una fiesta como la navidad es simplemente una falaz burbuja de felicidad, todo lo que queda luego de la fiesta no es sino un cuadro vacío y mísero de personas cuyos corazones están saturados de malhumor, resentimiento, culpabilidad, nostalgia, temor… Satanás es experto promoviendo y ofreciendo festejos para que la gente intente a mitigar el dolor y la miseria de sus almas. Miles de personas se quedarán entusiasmadas simplemente con la pomposidad de la navidad (luces, decoraciones, cenas pomposas, regalos, etc.) Satanás querrá que te quedes con ello y que nunca te tomes en serio la navidad, que nunca te tomes en serio a JESÚS.
Sin embargo, la historia de la navidad nos dice que hubo personas que se tomaron en serio el nacimiento de JESÚS.
Los Pastores de Belén. El resplandor célico y el coro angelical no fueron suficiente. Los pastores querían ver al  que había enviado a los ángeles y decidieron ir a Belén y conocer a Jesús. Ellos dijeron: “Pasemos hasta Belén, y veamos” (Lucas 2.15)
Simeón. Cuando vio a Jesús dijo: “Ahora, Señor despide a tu siervo en paz...porque han visto mis ojos tu salvación” (Lucas 2.29, 30). Mientras muchos no quieren morir sin antes haber visto el mundo, este anciano no quería morir sin antes ver al que hizo el mundo.
Los magos. No fue suficiente ver la luz centelleante en el firmamento, ellos fueron hasta Belén, para tener un encuentro personal con JESÚS, la Luz del mundo (Mateo 2.1-12).
En esta navidad ¿se tomará en serio a JESÚS? o ¿se quedará simplemente con la superficialidad que esta fiesta ofrece?  Satanás querrá que optes por lo segundo e ignores lo primero. Pero no tiene por qué ser así. La historia de la navidad es la historia de Jesús viniendo a este mundo para desbaratar los planes de Satanás: «Para esto apareció (JESÚS) el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1Juan 3.8).
Solo hay una manera de deshacerse de la falaz burbuja navideña que  le ofrece Satanás: tómese en serio a JESÚS, reconózcalo como el Señor de su vida y entréguele su corazón. Luego haga un brindis celebrando la verdadera fiesta de la navidad.
¡FELIZ NAVIDAD!
   

lunes, 22 de octubre de 2018

LA NATURALEZA DE LA TENTACIÓN




En el AT la tentación toma diferentes estrategias pero persigue un mismo fin. La esencia de la tentación se dejar ver en los casos de la caída de nuestros primeros padres y en el papel de Satanás en la aflicción de Job (Gn. 3.1-13; Job 1.2-10). Aunque la estrategia de Satanás varía en ambos casos, el fin perseguido es  el mismo: «...el rechazo de la voluntad y camino de Dios como justos y buenos».[1]
En el NT, la palabra tentación tiene dos acepciones distintas. La palabra griega vinculada con la palabra tentación es «peiradso», y se refiere en primer lugar a circunstancias externas con la intención de probar y fortalecer la fe del creyente
Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis den diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Santiago 1.2, 3.  
En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas. 1Pedro 1.6.
  Sin embargo, aunque estas circunstancias externas son permitidas y están bajo el control absoluto de Dios, «…no es prominente atribuir la causa explicita de ellas a Dios».[2] El apóstol Pablo reconoció que su aguijón en la carne, estaba bajo el control soberano de Dios (2 Corintios 12.8.9); no obstante, designó tal aguijón como «mensajero de Satanás» (2 Corintios 12.7).
Por otro lado, la palabra tentación implica incitación interna al pecado. Es la clase de incitación a hacer lo indebido con la intención de satisfacer un deseo o de obtener placer. Santiago explica con notoriedad  la naturaleza de la tentación en los versículos 14 -15 del capítulo 1.
…cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, siendo  consumado, da a luz la muerte. Santiago 1.14, 15.
Sin embargo, aun cuando la tentación en su mayor parte esté relacionado con la  naturaleza más baja de nuestra humanidad (nuestras pasiones sensuales desordenadas),  también comprende los deseos de tomar venganza, de calumniar, de robar, de poseer lo que otros tienen, de aprovecharse de los demás, de mentir, de sobornar, de plagiar…y la lista puede continuar.
Como se observa, la tentación concierne a aquellas inclinaciones pecaminosas del pecador que caracterizan su naturaleza y le conducen a actos contra la ley de Dios.[3]
Satanás usa la tentación para promover la rebelión contra la voluntad de Dios
Valiéndose de nuestra concupiscencia, Satanás usa la tentación para persuadir al creyente hacia el pecado y la rebelión. Tal parece fue el caso de Hechos 5 donde Pedro censura  a Ananías diciéndole: « ¿…porque llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajese del precio de la heredad?» Hechos 5.3.
Otros pasajes que insinúan  la misma idea los encontramos en:
Apocalipsis 2.10: «…el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados… ».
1Pedro 5.8: «Sed sobrios y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda buscando a quien  devorar».
Siendo que la tentación por naturaleza atañe a aquellas inclinaciones pecaminosas que promueven a realizar actos contra la ley de Dios, Satanás se vale estratégica y sutilmente del elemento pérfido propio de nuestra naturaleza humana pecaminosa llamado «lascivia» (gr. epizumía), o traducida en ocasiones como  «concupiscencia», y en un buen  sentido como «deseo»,  para persuadir al creyente hacia el pecado. Por tal razón,  los hagiógrafos del NT lo calificaron como el tentador («Y vino el a él el tentador…»Mateo 4.3 «…no sea que os hubiese tentado el tentador…»1Tesalonicenses 3.5)
Desde el momento que comenzamos a vivir bajo la voluntad de Dios, Satanás ha puesto precio a nuestra cabeza y trama incansablemente nuestra caída. Ha hecho esta labor desde el principio de la historia. Tramó la caída de nuestros primeros padres, también la de Noé, Moisés, Sansón, David, Pedro y hará lo mismo con nosotros. Con  locuaces  y reflexivas     palabras, Mauricio J. Roberts, describe la  sutileza de nuestro enemigo espiritual diciendo:
Tenemos un adversario que no se detendrá ante nada para provocar nuestra caída, si la puede lograr. Conoce bien tanto nuestra fragilidad como nuestro gusto por la comodidad. Él ajusta su carnada a nuestro agrado. Nos pude dar como a Pedro, un fuego donde calentarnos. Nos pude ofrecer, como  a Sansón, a una Dalila que nos seduzca. Todavía puede mezclar su copa con tal astucia que quien beba no despertará hasta que su alma esté  en las llamas del infierno…[4] 


[1] Carl G. Kromminga, en E.F. Harrison (ed.), Diccionario de Teología (Grand Rapids, Míchigan: Libros Desafío, 2002), 595.
[2] Ibid.
[3] Geoffrey  W. Bromiley, en E.F. Harrison (ed.), Diccionario de Teología (Grand Rapids, Míchigan: Libros Desafío, 2002), 115.
[4] Mauricio J. Roberts. “¡Un descuido fatal!”. Apuntes Pastorales, Volumen XXII, N°3 (2005):33.