martes, 11 de diciembre de 2018

EL TESORO MÁS AMADO DEL CREYENTE



La mayor riqueza aparte de la salvación, es la revelación escrita, es decir la Palabra de Dios. ¿La valora usted? ¿Encuentra en sus páginas la transformación, la sabiduría, la felicidad y el entendimiento que ella ofrece y que usted necesita para su vida? La Palabra de Dios es el tesoro  más grandioso que los creyentes pueden poseer en este mundo debido a los grandes beneficios que ella nos ofrece.
El 2 de diciembre de 1947, en un pequeño poblado llamado El Limoncito, Jalisco (México) falleció un humilde creyente indígena llamado “el hermano Silverio”. Dos meses antes, durante las reuniones anuales de la Asociación Bautista de la región, había testificado de su fe en el Señor mediante el bautismo. Al regresar a casa cayó enfermo, y a pesar de la gravedad de su caso, fue hecho objeto de una dura persecución. Las autoridades agrarias del lugar fueron a verlo con la amenaza de que si no dejaba su nueva religión le cancelarían su derecho a la parcela de tierra que sembraba. En presencia de la comitiva y de sus propios hijos el hermano Silverio pidió a su esposa que le trajera la Biblia. Con el sagrado libro en la mano le dijo: “Aquí está tu parcela, tu herencia y la de mis hijos. A nadie se la entregues. Léela mucho.” Y con voz entrecortada pidió que cantaran su himno favorito. Les acompañó con cuatro palabras solamente y luego entregó su espíritu en la más suave quietud.
El hermano Silverio percibió la Palabra de Dios como la riqueza más grande de su vida y quiso que su familia la apreciara como tal.  Semejante aprecio por la Biblia, aunque no sea expresado siempre en forma tan dramática, es el sentimiento común de los verdaderos hijos de Dios. Quizás esa fue la actitud del salmista cuando dijo:
«Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata».
«Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro».  Salmos 119.72, 127.
Si usted no pasa tiempo con la Palabra de Dios, entonces no puede aludir que la valora. Si solo lee la Biblia un minuto a día (algunos ni la leen) jamás llegará a apreciar la Palabra de Dios como un tesoro como lo hizo el hermano Silverio y como lo apreció el salmista.  

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