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martes, 8 de enero de 2019

QUÍTESE LA MÁSCARA E IDENTIFÍQUESE



Se dice que hace muchos años hubo una guerra entre los mamíferos y las aves. El murciélago era tan cobarde que cuando estaba con los mamíferos encogía sus alas y se hacía pasar por ratón. Por otro lado, cuando estaba con las aves, desplegaba sus alas y se hacía pasar por pájaro. Hasta que un día lo descubrieron ambos bandos y desde ese día, el murciélago se vio obligado a salir solo de noche, ya que nunca más tuvo lugar ni con las aves ni con los mamíferos.
La falta de identidad induce a los cristianos a mostrar dos rostros diferentes. Usan uno para intentar quedar bien con Dios y usan el otro para quedar bien con el mundo. Al final, la lealtad dividida es algo que muestro Señor censura: «…por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3. 16 RV60).
El profeta Elías vivió durante una época en que la nación israelita vivía una doble lealtad espiritual. La nación de Israel no había abandonado de todo a Dios, pero fusionaba su adoración al mezclar el culto a Jehová con el culto a Baal. Dios usó al valiente y rústico profeta Elías para confrontar la deplorable espiritualidad de la nación. La nación fue convocada en el místico monte Carmelo y allí Elías los desafió a quitarse la máscara espiritual. El profeta confrontó a la nación  con las siguientes palabras:
…¿hasta cuándo claudicareis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él… (1 Reyes 18.21).
Es fácil desafiar a otros cuando se sabe que la mayoría está a favor de uno. Sin embargo, el rudo y valiente Elías planteó el desafió teniendo a todo el mundo en contra. En aquella mañana en aquella colina  se encontraba presente toda una multitud de personas que le había dado la espalda a Dios. Imagínese el valor del profeta para confrontar solo a un malvado rey,  a 450 profetas y a toda una nación que se había vuelto tras la idolatría. Elías no estaba  dispuesto a seguir a la mayoría, no estaba dispuesto a ser condescendiente con la opinión y el comportamiento de los demás. Lo más fácil para Elías al ver que su opinión no coincidía con la de la mayoría, era al menos callarse la boca. Pero Elías es un verdadero siervo de Dios  y no claudicaría en sus ideales, estaba dispuesto a marcar la diferencia sin importar lo que la mayoría opinara o hiciera. 
Luego de una sencilla pero poderosa oración pidiendo que Dios enviara fuego del cielo para el holocausto, la nación fue testigo de la respuesta divina. El relato bíblico dice:
Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja. Viéndolo todo el pueblo, se postraron y dijeron: ¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios! (1 Reyes 18. 8, 39).
Gracias a un leal siervo de Dios como Elías cuya fe ferviente provocó un milagro, la nación reconoció a Jehová como el Dios Verdadero. Su fe, su valor, su autenticidad demostrada en aquella colina de Palestina,  inspiró a otros seguir al Señor.
Dios todavía busca personas como Elías, ¡creyentes auténticos, sin mascaras! Él anda en la búsqueda de hombres y mujeres que tengan la disposición de no ocultar su amor por Cristo, busca creyentes  que tengan un alto compromiso con él y que tengan el valor de proclamar su fe abiertamente. Dios busca hombres y mujeres que estén prestos a agradarle a él y  no a quienes  sigan la corriente popular solo para quedar bien con la opinión de la mayoría.
¡Dios lo está buscando a usted para que hable a otros devota y valientemente de su fe! Dios lo quiere a usted en las colinas de este mundo proclamando ante otros la buenas nuevas del evangelio, así que hable a otros de Cristo, hágalo  respetuosamente pero sin titubeos.


miércoles, 10 de octubre de 2018

LA CUSTODIA DEL CORAZÓN



Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida. Proverbios 4.23 (RV60)

Zig Ziglar cuenta que dos hermanos adolescentes tenían un pedido que hacerle a su padre, pues deseaban ver una película popular. Había algunos elementos en la película que ameritaban que estuviera incluida en una categoría no apta para todo público. Pero los muchachos creían que esas cosas negativas se compensaban con la importancia de la historia y  la calidad de los actores. Le rogaron a  su padre que flexibilizara sus estándares por una vez. Entonces lo prometió que lo pensaría.
A la noche siguiente los tres se sentaron para discutir la película y el padre trajo una bandeja con unos pasteles de chocolate. ¿Saben? –Les dijo-, siempre usamos los mejores ingredientes para hornear los pasteles: los huevos, el chocolate, la harina, la leche y las nueces. Sírvanse todo lo que quieran, pero tengo que decirles que esta vez flexibilicé un poco mis estándares e incorporé (muy poco en realidad) estiércol de perro. Pero no dejen  de probarlo por eso. Sírvanse. Por supuesto que nadie toco los pasteles.[1] Aunque la cantidad de estiércol era muy reducida, causó el rechazo total de aquel pastel y nadie se atrevió  llevar a la boca siquiera un pedazo de ella.
Imagínese lo que sucedería  si le prestáramos atención a cada alimento que digiere nuestra mente. «La mente es un órgano hambriento y tomará cualquier cosa que le demos.»[2]. Por esa razón Salomón dijo: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida». Proverbios 4.23.
 El verbo guardar de este pasaje deriva del verbo hebreo natzar. Literalmente describe la actividad de un guardia en una torre de vigilancia cuya tarea es observar continuamente el horizonte para avisar en caso de que vea ejércitos enemigos.[3]  Nuestra responsabilidad es custodiarla diligentemente  ante la sutil entrada de cualquier cosa que la ponga en peligro. 
Si bajamos la guardia y flexibilizamos los estándares dando licencia para que ciertos programas de Tv., películas, lecturas o imágenes inmorales ingresen por las puertas de nuestra mente; no pasará mucho tiempo para que nuestros corazones queden atrapados en la inmundicia y esclavitud de aquellas cosas que un día  detestábamos. El hecho que una película o programa de Tv., no califique en la categoría de "pornográfico", no significa que no contenga cuadros o fases que atenten contra la moral y que no tengamos que estar alerta a ello y rechazarla.
He tomado prestada las palabras de Zig Ziglar para culminar el presente escrito. Por favor léalas y reflexione junto conmigo: «La mente es un órgano hambriento y tomará cualquier cosa que le demos. Necesitamos darle el alimento que Dios quiere para que prospere. No se puede arrojar basura a un pozo de agua y esperar que este sea potable. No se puede alimentar la mente de basura inmoral y esperar que la vida sea buena, limpia, pura poderosa y motivada»[4].



[1] Zig Ziglar, ¡Más que bien! (Miami, Florida: Editorial Vida, 2007), 65.

[2] Ibid.

[3] Charles Swindoll, Viviendo los Proverbios (Alabama, El Paso Tex: Editorial Mundo Hispano), 56.

[4] Ziglar, 66.

martes, 2 de octubre de 2018

COMO SER UN CREYENTE FRUCTÍFERO: DEJE QUE DIOS PODE SU VIDA



Yo soy la vid verdadera y mi Padres es el labrador.
Toda rama que en mí no da fruto, la poda para que dé más fruto.
Juan 15:1-2 (NVI)

En los devocionales  anteriores vimos que para llegar a ser un creyente fructífero debemos echar raíces y eliminar toda yerba mala de nuestras vidas. En el devocional de hoy veremos que para llegar a ser un cristiano fructífero, debemos dejar que  Dios pode  nuestra  vida.
 En Juan 15:1-2 Jesús dice:
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que  lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto. RV60.

Podar comprende cortar las ramas muertas y también las ramas vivas de la vid para estimular el crecimiento. Cuando los jardineros o podadores profesionales hacen su trabajo, lo hacen sin compasión. Toman sus tijeras  y podan  sin misericordia. Si usted observa a un podador trabajar, le dolerá ver lo que hace. Cortan las rosas hermosas.  Cuando terminan de trabajar  usted verá  solo pequeños tronquitos. Podar no es cortar con gentileza solo los pedacitos muertos. No es así. Lo que está vivo y hermoso también debe cortarse: ramas, hojas y flores. Sin embargo,  con el tiempo esas rosas retoñarán más hermosa que nunca
Ahora bien, aquí está el punto. La mayoría de nosotros creemos  que cuando Dios nos poda, corta el pecado, es decir las ramas muertas de nuestra vida. Él lo hace, pero además corta algunas cosas que están vivas y tienen éxito. El cortará un negocio que va muy bien, una relación satisfactoria, buena salud. Algunas de estas cosas pueden ser eliminadas para traer mayor fructificación espiritual. Con frecuencia, Dios también  corta las cosas buenas para hacerlo espiritualmente más saludable. No es siempre agradable, pero podar es esencial para el crecimiento espiritual. No es una opción. Recuerde, Dios se glorifica cuando producimos «mucho fruto» (véase Juan 15:8), y esto requiere podar. Debemos recordar que las podadoras están en las manos de nuestro amoroso Dios. Él sabe lo que está haciendo y quiere lo mejor para nosotros.
Si usted es un cristiano, va a ser podado. Cuente con eso. Tal vez ahora mismo esté en medio de esta experiencia, y quizás no todo sean ramas muertas. Dios corta las ramas que creemos que son productivas para que podamos producir más fruto. Esto puede ser confuso. Creemos que somos  fructíferos y nos sorprendemos y hasta nos frustramos por la forma en que Dios nos poda. «Dios, ¿por qué me estás haciendo esto? Te entregué mi negocio, y está fracasando. Te entregué mi salud, y la semana que viene voy para el hospital para internarme. Diezmé fielmente, y sin embargo, voy camino a la bancarrota».  
Recuerde que cuando Dios nos poda, no solo corta el pecado, es decir las ramas muertas de nuestra vida; sino que además, corta algunas cosas que están vivas y tienen éxito. 


¿Cómo Dios nos poda?
 Usa los problemas, las presiones y las personas.
¡Y sí que usa las personas! La gente lo criticará y desafiará. Lo cuestionarán y dudarán de usted. Retarán sus motivos. Dios los está usando para podarlo. ¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo lo que estuve diciendo a través de todo este libro: Dios puede usar cada situación de su vida para ayudarlo a desarrollarse si usted tiene la actitud correcta. Él lo puede usar todo: los problemas que se busca, un gran desengaño, un revés financiero, una enfermedad repentina, un matrimonio que se deshace, un hijo rebelde, la muerte de un ser querido. Él puede y usa todo esto como parte del proceso de podarlo y hacerlo aún más fructífero.
La disciplina también es un elemento de poda que Dios utiliza para tratar con nuestras vidas.
Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados. Hebreos 12.11

 Igual que la disciplina, ser podado es desagradable.  Podar nunca es divertido, y tampoco es bonito, pero es para su beneficio futuro. El propósito de podar es positivo. Dios no está enojado con usted.  Si no dejamos que Dios pode nuestras vidas  no habrá resultados. Si nos resistimos, nos rebelamos, nos quejamos o nos resentimos, nuestro carácter no se desarrollará de la manera que Dios quería y no llegaríamos  a ser creyentes fructíferos.
CONCLUSIÓN:
En 1968, un científico descubrió, en una cueva de los indios, un collar de semillas que tenía seiscientos años. Sembró una de las semillas, y esta brotó y se desarrolló. Aunque dormida durante seiscientos años, el potencial de vida todavía estaba allí.

Quizá usted fue un cristiano durante años, y estuvo espiritualmente dormido la mayor parte del tiempo. Pero ahora le gustaría ser productivo. Desea ser fructífero. Le tengo buenas noticias. ¡No es demasiado tarde! ¡Puede comenzar ahora mismo! Baje su cabeza para orar y dígale a Dios que quiere cooperar con su plan de desarrollo para usted. ¡Él le dará el poder para ser un creyente fructífero!


lunes, 1 de octubre de 2018

COMO SER UN CREYENTE FRUCTÍFERO: ELIMINE LA YERBA MALA



En el anterior devocional vimos que para llegar a ser creyentes fructíferos, debíamos echar raíces. Hoy veremos que  la segunda cosa que necesitamos hacer para ser productivo es eliminar la yerba mala de nuestras vidas.
Jesús ilustra esto en la parábola del sembrador. Él menciona cuatro tipos de terreno. Cada uno representa una manera en la que podemos responder a la Palabra de Dios. En Lucas 8:11-14 leemos: «La semilla es la palabra de Dios... La parte que cayó entre espinos [yerba mala] son los que oyen, pero, con el correr del tiempo, los ahogan las preocupaciones, las riquezas y los placeres de esta vida, y no maduran.» Si quiere producir fruto, tiene que cultivar buenas raíces y luego eliminar la yerba mala.
¿Cuáles son las yerbas malas en su vida? Hay muchos tipos de yerba mala que pueden crecer en su vida y ahogar su vitalidad espiritual. Las yerbas malas son las preocupaciones e intereses que agotan su tiempo, energía y dinero y le impiden producir fruto espiritual.
Algunos creyentes alegan: «No tengo tiempo de servir al Señor. No tengo tiempo para involucrarme.» Si eso sucede en su vida, entonces ¡usted está muy ocupado! Es necesario que saque un poco de yerba mala. Muchas cosas en la vida no son malas en sí, pero tampoco son necesarias. Tal vez necesite acortar un poco su agenda de aquellas actividades que no le dan oportunidad de crecer espiritualmente. Todo movimiento nos es señal de progreso. Tiene que eliminar la yerba mala.
Tres variedades de yerba mala
Jesús menciona tres variedades de yerba mala. Primero, están las yerbas malas de la preocupación, estas son las inquietudes y las preocupaciones diarias que demandan su atención. Luego están las yerbas malas de las riquezas. ¿El trabajo demanda tanto de su vida que no tiene tiempo para el Señor? Entonces es una yerba mala. La tercera clase de yerba mala es el placer. Sí, incluso las actividades placenteras pueden convertirse en yerba mala. El perseguir la «buena vida» puede ahogar el crecimiento espiritual.
¿Conoce personas que dan el primer lugar a la recreación? Es bueno pasar un buen tiempo, pero debe cuidar las prioridades. Cuando la playa, el deporte y otras actividades  se convierten en algo más importante que la Biblia, sus prioridades están fuera de balance.
Ahora considere esto: ¿Cuánto esfuerzo tiene que hacer para cultivar la yerba mala? ¿Qué se debe hacer para cultivarlas? ¡Nada! Crecen muy bien por su propia cuenta. Por eso son yerbas malas. Usted necesita cultivar sus plantas de tomate; sin embargo, no tiene que hacer nada para cultivar el diente de león. Esta crecerá —y crece rápido— sin su ayuda ni de nadie más.
Las yerbas malas son señal de negligencia, y cuando descuidamos la lectura de la Biblia, la oración y el compañerismo con otros cristianos, estas crecen y ahogan nuestra vida espiritual. 
Por lo tanto, si vamos a producir fruto, tenemos que  cultivar raíces, y eliminar las yerbas malas de nuestra vida.


viernes, 28 de septiembre de 2018

COMO SER UN CREYENTE FRUCTÍFERO: ECHE RAÍCES




La palabra fruto se usa sesenta y seis veces en el Nuevo Testamento. La Biblia menciona tres diferentes clases de frutos: El fruto natural: higo, uvas y pasas. Esta es la clase de fruto que usted come.  El fruto biológico: bebés. El fruto espiritual.
¿Qué queremos decir cuando hablamos sobre el fruto espiritual? Sencillamente es reflejar el carácter de Cristo en nuestras vidas. Y ¿cómo sabemos que estamos reflejando el carácter de Cristo en nuestras vidas? Cuando expresamos en nuestro diario vivir el fruto del Espíritu. Y ¿cuál es el fruto del Espíritu? Gálatas 5.22 -23 responde esta pregunta:   “Más el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza…” Ser un creyente fructífero es manifestar el carácter de Cristo por medio de las cualidades mencionadas como el fruto del Espíritu.
Jesús fue claramente enfático con sus discípulos cuando les habló sobre la importantica de ser fructíferos. En Juan 15:8 Jesús dijo: «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.» La prueba de que usted es un discípulo es que produce fruto.  Más adelante Jesús dijo: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca…» (Juan 15:16).
El deseo de Dios es que como discípulos de Cristo, llevemos fruto. Él quiere que seamos creyentes fructíferos. ¿Cómo logramos ser creyentes fructíferos? 

En primer lugar debe ECHAR RAÍCES

Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. Jeremías 17:7-8

Para llegar a ser un creyente fructífero en primer lugar usted necesita echar raíces. De la manera que un árbol da fruto a razón de estar plantado, un cristiano  es productivo cuando echa raíces. Pero observe que el texto bíblico señala que  un árbol cuyas raíces están bien plantadas,  además de ser fructífero, mantiene sus fuerzas y el color verde de sus hojas aún en tiempos de calor y sequía. El calor y la sequía representan épocas de crisis, tiempos difíciles…temporada de dificultades.
Los creyentes que no echan raíces, además de ser  espiritualmente estériles e infructuosos, son frágiles en su fe y acaban marchitados y sucumbiendo en  épocas de duras dificultades y tensión.  Sin embargo, el creyente que ha echado  raíces, aún en medio de las crisis; mantiene su vitalidad y sigue dando fruto. Los creyentes  que echan  raíces, no solo sobreviven en temporadas de crisis, sino que además progresan.
Se dice que la planta de banano es casi indestructible. La puede cortar en pequeños pedazos, y volverá a crecer. La puede quemar y volverá a crecer. Solo hay una forma de acabar con la planta, y es desarraigándola. En la raíz está la clave de sustento para esta planta.

¿Cómo echar raíces?  
En primer lugar ponga su confianza en el Señor.
Las primeras palabras de Jeremías 17.7 dicen: “Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como árbol plantado…”. Echamos raíces cuando depositamos nuestra confianza en Dios. No coloque su confianza en algo terrenal, pues lo terrenal es efímero y temporal. Su trabajo es temporal, su dinero también lo es. Su jefe puede ser un tipo poderoso y le puede apoyar, pero de un momento a otro puede cambiar. Ponga su confianza en alguien que no le puede fallar. Que no es temporal. Que no cambia. Que es poderoso todo el tiempo. Ponga su confianza en Dios. La vida con sus dificultades y sus angustias le podrán arrebatar muchas cosas, pero no podrán arrebatarle su fe. No pueden quitarle a su Dios. Eche raíces poniendo su confianza en Dios.
En segundo lugar valore la palabra de Dios en su vida.
El Salmo 1.1-3 dice:
Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, Ni estuvo en camino de pecadores, Ni en silla de escarnecedores se ha sentado; Sino que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, Que da su fruto en su tiempo, Y su hoja no cae; Y todo lo que hace, prosperará.
Un creyente no puede echar raíces y ser fructífero sino valora la palabra de Dios en su vida. Y con valorar me refiero a dedicar un tiempo para leerla, estudiarla, meditar en ella y aplicarla en su vida. Una vida espiritual descuidada y enclenque es resultado de una Biblia descuidada.
En tercer lugar congregue
El justo florecerá como la palmera; Crecerá como cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, En los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; Estarán vigorosos y verdes. Salmo 92.12-14
Usted echa raíces cuando congrega en una iglesia. No puede echar raíces y dar futo como creyente si usted se queda en su casa y no congrega y menos si anda de una a otra iglesia. Para echar raíces usted necesita plantarse en una iglesia. Así crecerá, florecerá y permanecerá vigoroso en su fe. No hay nada más digno de resaltar en un creyente como su permanencia e identidad con su iglesia. Cuando encontramos creyentes que dicen: “Conocí al Señor en esta iglesia hace más de treinta años, aquí crecí, me desarrollé como creyente. La iglesia ha pasado por momentos muy dificultosos, algunos se fueron para no volver; pero yo sigo aquí plantado en esta iglesia, porque aquí me puso el Señor. Aquí me enseñaron a desarrollar mi fe y a desarrollar el carácter de Cristo. Aquí me alentaron, oraron por mí y mi familia. Aquí aprendí a someterme a la autoridad de mi pastor y a rendir cuentas de mi vida. Aquí permaneceré, hasta cuando Cristo venga o hasta cuando experimente la muerte”.
Si usted va a echar raíces y llevar fruto, ponga su confianza en el Señor, lea y medite en la Palabra de Dios y congregue en su iglesia.


jueves, 20 de septiembre de 2018

TRES VERDADES ACERCA DE LA CONFESIÓN


Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y ha sido cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor No atribuye iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño……Salmos 32.1, 2

Durante los anteriores devocionales hemos estado hablando sobre cómo ponernos a cuenta con Dios. Hoy quiero resumir los asuntos enseñados, en tres principios.

1. Nos engañamos a nosotros mismos si aparentamos no haber cometido pecado.  «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». 1 Juan 1.8-9.  Se nos hace más factible reconocer que los pecadores no arrepentidos necesitan confesar sus pecados para acceder al perdón divino; sin embargo, es más dificultoso que el creyente admita que necesita también confesar sus pecados. La confesión de nuestros pecados debe ser habitual en la vida del creyente. «…la confesión continua del pecado es una indicación de salvación genuina. . . y caracteriza a los cristianos genuinos. . .»[1] Sin importar cuan larga o corta sea nuestra caminata con el Señor, fortuita o deliberadamente terminamos resbalándonos en nuestros pecados y necesitados del perdón divino una y otra vez.  No hay día que no tengamos la necesidad de treparnos en la cruz lamentando nuestra miseria espiritual.
Charles Swindoll, hace una representación de nuestra relación con Dios y nuestro prójimo por medio de la figura de la cruz. La cruz tiene dos vigas, la más grande representa nuestra relación con Dios, es la viga vertical. La viga horizontal, representa nuestras relaciones con las personas. Al referirse a la viga vertical dice
…A lo largo de nuestra vida trepamos esa viga cargando el peso de nuestro pecado. No somos perfectos, y todavía estamos creciendo en madurez, lo cual significa que todavía pecamos. Así que trepamos esa viga y decimos: «Señor, yo mismo me he metido en este lío, y te lo confieso. Me equivoqué y lo lamento, volví a fallar y traigo esto ante ti».
El Señor nunca responde: «¡Qué vergüenza! ¡Bájate y de mi vista. Haz penitencia durante las próximas tres semanas». …Él dice: «A medida que vayas bajando lentamente, vete limpio, tranquilo y perdonado». Así que bajamos, contentos de haber sido perdonados…solo para volver a pecar otra vez. Entonces estamos otra vez subiendo esa viga. Por consiguiente, la vida cristiana puede sentirse como un yoyó. Sube y baja, sube y baja. A medida que envejecemos y aprendemos nuestras lecciones, subimos esa viga con mucho menos frecuencia, pero nunca [nunca, nunca, nunca…] llegamos al punto de nunca necesitar buscar el perdón de Dios. …[Para fortuna nuestra], su perdón nunca se agota.[2]
2. Dios ofrece continuamente perdón y limpieza de pecados a expensas de nuestra confesión. Recuerde: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad». 1 Juan 1.9.
3. La indulgencia divina provee una conciencia pacífica. Nuestra conciencia puede que sea invisible pero ciertamente no está inactiva. ¿A quién no lo mantienen despierto los ruegos, los reclamos, las acusaciones de la conciencia?  Una conciencia acusadora nos puede quitar el apetito, robarnos el sueño y mantenernos distraídos. También nos puede hacer sentir culpables. Nada más aliviador que reclinar nuestras cabezas sobre la almohada de una conciencia limpia, desempolvada de telarañas de pecados y culpas del pasado. 
Una conciencia pacífica viene como resultado de haber explorado nuestros corazones y haber confesado nuestros pecados y obtenido la indulgencia divina. 
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y ha sido cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor No atribuye iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño……Salmos 32.1, 2




[1] John MacArthur, Biblia de estudio MacArthur (Nashville, Tennessee: Grupo Nelson, 2012), 1819.
[2] Charles Swindoll, Abraham, la increíble jornada de fe de un nómada (Carol Stream, Illinois: Tyndale House Publisher, Inc., 2015), 202. 

martes, 18 de septiembre de 2018

COMO PONERTE A CUENTA CON DIOS: PERMITA QUE DIOS EXAMINE SU CORAZÓN



Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.
Salmos 139.23, 24.
Un hombre sufría de intensos dolores de cabeza y había intentado todo tipo de tratamiento con el fin de encontrar alivio. Finalmente una radiografía reveló la causa de sus intensos dolores. El tipo tenía incrustado en su cráneo la hoja oxidada de un cuchillo. Durante un ataque para robarle, el hombre había sufrido laceraciones en el costado derecho de la mandíbula y no sabía que la hoja del cuchillo se le había roto dentro de la cabeza. La razón de sus dolores intensos se debía al objeto extraño incrustado en su cuerpo.
 Objetos extraños en el cuerpo no nos permiten vivir tranquilos. Objetos extraños en el alma, tampoco. ¿Qué objetos extraños se han incrustado (no en su cuerpo) sino en su alma y le causan dolor? ¿Qué revelarían una radiografía del interior de su alma? ¿Culpabilidad por un acto cometido? ¿Vergüenza por un pasado oscuro y escandaloso? ¿Remordimiento? ¿Un hábito pecaminoso al que no pude renunciar?  ¿Qué tipo de sentimiento supura bajo la superficie de su alma produciendo enojo, irritabilidad, malhumor, resentimiento, odio o pena?  ¿Qué revelarían una radiografía espiritual de su alma?
Cuando se trata de ponernos a cuenta con Dios, ocultar nuestras faltas no es el paso apropiado. Ocultar nuestro pecado o cualquier objeto extraño que afecta el alma, es similar  a tener clavada una daga en el cuerpo.  Lo que debemos hacer es solicitar una resonancia espiritual. David solicitó una cuando  dijo:
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. Salmos 139.23, 24.
La palabra examíname indica la idea de explorar y escarbar. David está pidiéndole a Dios que analice profundamente su interior y que le muestre si hay algo que le está causando dolor. No le está pidiendo a Dios que descubra un pecado oculto que Dios no sepa (pues él lo sabe todo), sino para que David mismo sepa que Dios lo ha descubierto. Cuando usted permite que Dios examine su corazón, está haciendo lo que hace cuando un dolor constantemente le molesta: usted va al médico para saber la razón de sus dolores. En este caso usted se somete al bisturí del Médico Divino para una operación exploratoria. A medida que Dios traiga a su mente su conducta pecaminosa, comience a pedirle perdón a Dios permitiendo que aplique su perdón y su gracia.


lunes, 17 de septiembre de 2018

COMO PONERTE A CUENTA CON DIOS: NO OCULTE SU PECADO


Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueran como la grana  como la nieve serán emblanquecidos; si fueran rojos como el carmesí, vendrán a ser como la blanca lana. Isaías 1.18.

La Biblia registra la historia de un hombre llamado David. Tenía una ocupación social muy importante en la nación donde él vivía, era el rey. Era dueño de las tierras más ricas del reino pero también era dueño de una ávida lujuria. Dios lo llamó para ser su ungido y fue denominado un hombre conforme al corazón de Dios. Sin embargo, este hombre  cometió una serie de decisiones fuera de lugar.  
No va a la guerra con sus soldados y se queda en el palacio. Usa su tiempo para pasear sobre la terraza del palacio y contemplar a una bella plebeya de nombre Betsabé. Pero no solo la contempla, sino que también la desea. Y no solo la desea, sino que también envía a sus sirvientes por ella. Betsabé es escoltada hasta la misma recamara real, donde yace esperando ansioso el lujurioso monarca hebreo. Entre copas de champagne y el sonido de una suave melodía, el rey da rienda suelta a sus pasiones sensuales. Semanas después, Betsabé comunica a David que ha quedado embarazada. Con una conciencia nublada por el pecado, David actúa inmediatamente tomando decisiones aún más desatinadas. Intenta engañar al esposo de Betsabé y al no conseguirlo lo envía al campo de batalla para ser muerto. Él bebé nace, y el rey no da muestra de arrepentimiento. Al contrario, pretendió ocultar su pecado y al hacerlo lo único que consiguió fue traer angustia a su alma. Tiempo después escribió un salmo donde describió la naturaleza de tal angustia:
Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Salmos 32. 3-4. 
Lo único que ocasionó David en su vida al ocultar su pecado fue traer angustia a su alma. Durante el tiempo que encubrió su falta sintió la pesada mano de Dios sobre su vida. Era una opresión horrible, una tortura de conciencia. Día y noche la culpa succionaba la alegría de su vida. Sus noches eran de insomnio. Podía ver su pecado escrito en cada pared de su palacio. El temporal y superficial placer del pecado dio lugar al punzante dolor que causa todo pecado. La imagen atractiva de la bella Betsabé se desvaneció a consecuencia de la magnitud del pecado que había cometido el monarca hebreo. Cada vez que David miraba a Betsabé, miraba su propia debilidad, su propio pecado.  No había día que no viera en el rostro de Betsabé, el rostro del esposo traicionado y asesinado. Especialmente, no podría mirarla sin sentir la mirada de Dios sobre sí mismo.   
Encubrir nuestras faltas no soluciona nada. Cuando David ocultó su mala conducta dio lugar al sufrimiento de su alma. Ocurrirá lo mismo en nosotros si optamos por esconderlos en lugar de confesarlos. La falta encubierta en vez de producir tranquilidad, provocará angustia en nuestro interior. La clandestinidad  de nuestros  pecados succionará la alegría de nuestros  días y drenarán el vigor de nuestro corazón.


viernes, 7 de septiembre de 2018

LLAMADOS A SER INFLUYENTES



Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere (se vuelve insípida), ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada (pisoteada) por los hombres. Mateo 5.13 (RV60).

La sal en los tiempos de Jesús era muy valorada por razón de su pureza. La sal era la más antigua de todas las ofrendas que se hacían a los dioses, y hasta sus últimos tiempos los sacrificios judíos se ofrecían con sal. Cuando Jesús dijo a sus discípulos que  eran la sal de la tierra, estaba señalando el carácter y la condición espiritual de sus vidas como ciudadanos del reino. Dicha condición espiritual los capacitaba para vivir una vida piadosa de tal manera que influyeran en el entorno donde vivían.
 Una de las características del mundo en que vivimos es que ha reducido los estándares de la ética y la moral. Los niveles de integridad y honradez  han descendido tan bajo que no sabemos en quien confiar. Los valores por la familia y el aprecio por la responsabilidad han menguado. Las palabras indecentes y obscenas dominan las conversaciones de las personas. El libertinaje sexual es parte de la filosofía que promueve el mundo. Sin embargo, mientras más corrompido se torna el mundo, más pura es llamada la iglesia a mantenerse.  Ser la «sal de la tierra»  implica que usted como cristiano no puede salirse de los niveles altos de la integridad. Significa que no puede permitir los gestos y términos sugestivos y soeces que son a menudo parte de la conversación social. Significa que si desarrollamos una actitud de pureza, en medio de una séptica sociedad; estamos en mejores condiciones para  al  marcar la diferencia e influir  en este mundo.
Una actitud que debilita la identidad de la iglesia y por lo consiguiente su papel de influencia en la sociedad, es su ambigüedad espiritual.  Esopo, cuenta en una de sus fábulas que hace muchos años hubo una guerra entre los mamíferos y las aves. El murciélago era tan cobarde que cuando estaba con los mamíferos escondía sus alas y se hacía pasar por ratón. Y cuando estaba con las aves, desplegaba sus alas y se hacía pasar por pájaro. Hasta que un día lo descubrieron ambos bandos y desde ese día, el murciélago se vio obligado a salir solo de noche, ya que nunca más tuvo lugar ni con las aves ni con los mamíferos.
La ambigüedad espiritual nos lleva a vivir una vida doble. Nos conduce a intentar quedar bien con Dios y al mismo tiempo quedar bien con los estándares del mundo. El resultado de  esta anfibología espiritual no solo palidece nuestra identidad, sino que además disminuye  la capacidad de la iglesia de afectar la sociedad.
Permítame darle una pauta para hacer de esta reflexión algo práctico: Manifieste su amor por Cristo, declare abiertamente que usted es un hijo(a) de Dios. Hágalo en su medio de su familia, con sus colegas, en el vecindario, en la escuela. Hable fervientemente de su fe, sin temor, sin reservas. Declare que usted pertenece a las filas del glorioso y maravilloso pueblo de Dios. Pero sobretodo, asuma el compromiso de vivir una vida absolutamente pura en medio de una sociedad que cada vez corrompe más sus estándares morales.


jueves, 6 de septiembre de 2018

ZARZAS ENCENDIDAS



¿Recuerda la historia Moisés frente a la zarza?
3 Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios. 2 Y se le apareció el Ángel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. 3 Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema. 4 Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.5 Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es. Éxodo 3.3.5 (RV60).
La zarza es un arbusto espinoso, y normalmente arbustos como estos abundaban en el desierto del Sinaí. Aquel arbusto espinoso, no hubiera alcanzado notoriedad al no ser porque Dios ardía en la zarza misma.
Nuestras vidas están representadas en aquellos arbustos resecados y espinosos del desierto del Sinaí. Nuestros fracasos y errores que hemos vivido nos han llevado a sentirnos inútiles e insignificantes. Dios ha permitido que el ardor del desierto chamusque nuestros rimbombantes follajes verdosos que nos daban prestigio y posición y solo hemos quedado como arbustos resecos. ¿Porque Dios permite esto? Porque solo cuando nuestra vida se halle reseca, al igual que aquella zarza; entonces estará en condiciones para ser inflamada por Dios. El ilustre pastor Charles Swindoll, dijo:
Usted tiene que ser inflamable. Dios está buscando zarzas que se quemen. En el mundo cristiano hay zarzas y arbustos que lucen bien pero que no son combustibles en absoluto. Están hechos de asbesto (mineral resistente a las altas temperaturas). Usted no podría encenderlos ni con un soplete…Estos son hermosas réplicas de hermosas plantas, pero no arden, lo cual significa que no pueden ser usados por Dios.
No seremos usados por Dios, a menos que nuestra vida se haya vaciado de todo aquello que no permite que Dios arda en nosotros. Mientras forcemos el brillo de  nuestra propia luz, jamás resplandecerá la luz de Dios en nuestra vida; pues una auténtica  vida cristiana y un llamado al ministerio, no pueden girar alrededor de nosotros y del Señor al mismo tiempo. Quizás por esa razón Pablo consideró: «todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús» (Filipenses 3:8).
¿Quiere usted ser usado por Dios? Despójese de las cosas carnales,  quite de su vida todo aquello que impide el fuego divino. Recuerde que aquel arbusto espinoso del Sinaí, no hubiera alcanzado notoriedad al no ser porque Dios ardía en la zarza misma.

miércoles, 22 de agosto de 2018

COMO PONERTE A CUENTA CON DIOS

           Ningún creyente está en las posibilidades de no fallarle a Dios. Sin importar cuanta dedicación, posición o tiempo goce en las cosas del Señor, todos los que hemos tenido un encuentro con Dios por medio de Jesús, en algún momento (ya sea de una manera fortuita o intencional), tarde o temprano terminamos cediendo a algún deseo o impulso de nuestra naturaleza caída. Ningún cristiano está exceptuado de esta realidad, como tampoco está exento de volver a la cruz y solicitar el perdón divino.
 Dios no deja a sus hijos caídos sino que extiende su invitación para arreglar cualquier pleito que tengamos con él:
Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueran como la grana  como la nieve serán emblanquecidos; si fueran rojos como el carmesí, vendrán a ser como la blanca lana. Isaías 1.18. 
Aun cuando la invitación fue extendida hace miles de años atrás, todavía tiene vigencia hoy. Por lo tanto, cualquier hijo de Dios que hubiera tenido un traspiés en su caminar con el Señor, tiene derecho a ponerse a cuenta con Dios.
¿Cómo ponernos a cuenta con Dios? Tres cosas básicas para lograrlo:
·         No oculte su pecados
·         Permita que Dios examine su corazón
·         Confiese sus pecados 
1. No oculte su pecado
La Biblia registra la historia de un hombre llamado David. Tenía una ocupación social muy importante en la nación donde él vivía, era el rey. Era dueño de las tierras más ricas del reino pero también era dueño de una ávida lujuria. Dios lo llamó para ser su ungido y fue denominado un hombre conforme al corazón de Dios. Sin embargo, este hombre  cometió una serie de decisiones fuera de lugar.  
No va a la guerra con sus soldados y se queda en el palacio. Usa su tiempo para pasear sobre la terraza del palacio y contemplar a una bella plebeya de nombre Betsabé. Pero no solo la contempla, sino que también la desea. Y no solo la desea, sino que también envía a sus sirvientes por ella. Betsabé es escoltada hasta la misma recamara real, donde yace esperando ansioso el lujurioso monarca hebreo. Entre copas de champagne y el sonido de una suave melodía, el rey da rienda suelta a sus pasiones sensuales. Semanas después, Betsabé comunica a David que ha quedado embarazada. Con una conciencia nublada por el pecado, David actúa inmediatamente tomando decisiones aún más desatinadas. Intenta engañar al esposo de Betsabé y al no conseguirlo lo envía al campo de batalla para ser muerto. Él bebé nace, y el rey no da muestra de arrepentimiento. Al contrario ocultó su pecado.
La falta encubierta en vez de producir tranquilidad, provoca angustia en su interior. La clandestinidad  de su pecado succiona la alegría de sus  días y drenan el vigor de su corazón. Por tal razón escribió diciendo:  
Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Salmos 32. 3-4. 
Lo único que ocasionó David en su vida al ocultar su pecado fue traer angustia a su alma.
Era una opresión horrible, un tormento de conciencia. Día y noche sentía la pesada mano de Dios… Sus noches eran de insomnio. Podía ver su pecado escrito en el techo de su habitación mientras daba vueltas en la cama. Lo veía escrito  en las paredes. Lo veía en el plato cuando trataba de tomar algo de comida. Lo veía en los rostros de sus consejeros. Era un esposo desagraciado, un padre irritable, un pésimo líder, un compositor estéril...[1]
El temporal y superficial placer del pecado dio lugar al punzante dolor que causa todo pecado. La imagen atractiva de la bella Betsabé se desvaneció a consecuencia de la magnitud del pecado que había cometido el monarca hebreo. Cada vez que David miraba a Betsabé, miraba su propia debilidad, su propio pecado.  No había día que no viera en el rostro de Betsabé, el rostro del esposo traicionado y asesinado. Especialmente, no podría mirarla sin sentir la mirada de Dios sobre sí mismo.   
Cuando David ocultó su mala conducta dio lugar al dolor. El pecado no confesado es semejante a la dolencia que produce una daga incrustada en el cuerpo. 
Un hombre sufría de intensos dolores de cabeza y había intentado todo tipo de tratamiento con el fin de encontrar alivio. Finalmente una radiografía reveló la causa de sus intensos dolores. El tipo tenía incrustado en su cráneo la hoja oxidada de un cuchillo. Durante un ataque para robarle, el hombre había sufrido laceraciones en el costado derecho de la mandíbula y no sabía que la hoja del cuchillo se le había roto dentro de la cabeza. La razón de sus dolores intensos se debía al objeto extraño incrustado en su cuerpo.
¿Qué objetos extraños se han incrustado (no en su cuerpo) sino en su alma y le causan dolor? ¿Qué revelarían una radiografía del interior de su alma? ¿Culpabilidad por un acto cometido? ¿Vergüenza por un pasado oscuro y escandaloso? ¿Remordimiento? ¿Un hábito pecaminoso al que no pude renunciar?  ¿Qué tipo de sentimiento supura bajo la superficie de su alma produciendo enojo, irritabilidad, malhumor, resentimiento, odio o pena? 

2. Permita que Dios examine su corazón
No intente ocultarlo, solicite una resonancia espiritual. Solicite lo que David le demandó a Dios en el Salmos 139 cuando dijo:
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno. Salmos 139.23, 24.
La palabra examíname indica la idea de explorar y escarbar. David está pidiéndole a Dios que analice profundamente su interior y que le muestre si hay algo que le está causando dolor. No le está pidiendo a Dios que descubra un pecado oculto que Dios no sepa (pues él lo sabe todo), sino para que David mismo sepa que Dios lo ha descubierto. Cuando usted permite que Dios examine su corazón, está haciendo lo que hace cuando un dolor constantemente le molesta: usted va al médico para saber la razón de sus dolores. En este caso usted se somete al bisturí del Médico Divino para una operación exploratoria. A medida que Dios traiga a su mente su conducta pecaminosa, comience a pedirle perdón a Dios permitiendo que aplique su perdón y su gracia.

 3. Confiese sus pecados a Dios
No sé qué ideas  tiene sobre la confesión. Pero le diré  primeramente lo que no es:
·         No es decirle a Dios lo que él no sabe, pues él lo sabe todo.
·         No es quejarse. No es lamentarse.
·         No es culpar.
Es  mucho más que ello.
 El término confesar, significa decir lo mismo que Dios dice acerca del pecado y reconocer el punto de vista divino en relación con el pecado.[2] 
·         Es depender absolutamente de la gracia de Dios.
·         Es reconocer que lo hicimos estuvo mal, pero que la gracia y la bondad de Dios es más grande que nuestro pecado.  
Implica una actitud de humildad donde reconocemos que debido a la miseria espiritual de nuestros corazones solo dependemos de la bondad divina para nuestra sobrevivencia. Cuando este tipo de actitud la experimentamos entonces estamos en la capacidad de expresarnos como lo hizo  el hijo pródigo cuando dijo:
«Padre, he pecado contra el cielo y cintra ti. Ya no soy digno de de ser llamado tu hijo» Lucas 15. 18-19.
O al igual que el publicano que dijo:
«Dios, sé propició a mí, pecador». Lucas 18.13
O como finalmente lo hizo el monarca David. Luego de un año de encubrimiento y negación David confesó su pecado. Hizo ondear la bandera blanca y dejó de discutir con el cielo y se sinceró con Dios. Sus palabras han quedado enmarcadas en el salmos 51 donde dijo:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mí maldad, y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra y tenido por puro en tu juicio. Salmos 51.1-4.

PALABRAS FINALES
 Permítame concluir esbozando tres  verdades útiles:   
1. Nos engañamos a nosotros mismos si aparentamos no haber cometido pecado.  «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros». 1 Juan 1.8-9.  No nos complicamos en reconocer que los pecadores aun no arrepentidos necesitan confesar sus pecados para acceder al perdón divino; sin embargo, es más espinoso para el creyente admitir que necesita confesar sus pecados. Damos por sentado que si una persona nunca admite que en realidad es un pecador, la salvación tampoco puede ser una realidad en su vida;  pero «…la confesión continua del pecado es una indicación de salvación genuina. . . y caracteriza a los cristianos genuinos. . .»[3] Sin importar cuan larga o corta sea nuestra caminata con el Señor, fortuita o deliberadamente terminamos resbalándonos en nuestros pecados y necesitados del perdón divino una y otra vez.  No hay día que no tengamos la necesidad de subir a la colina del Gólgota y colgarnos de la cruz lamentando nuestra miseria espiritual.
Charles Swindoll, hace una representación de nuestra relación con Dios y nuestro prójimo por medio de la figura de la cruz. La cruz tiene dos vigas, la más grande representa nuestra relación con Dios, es la viga vertical. La viga horizontal, representa nuestras relaciones con las personas. Al referirse a la viga vertical dice
…A lo largo de nuestra vida trepamos esa viga cargando el peso de nuestro pecado. No somos perfectos, y todavía estamos creciendo en madurez, lo cual significa que todavía pecamos. Así que trepamos esa viga y decimos: «Señor, yo mismo me he metido en este lío, y te lo confieso. Me equivoqué y lo lamento, volví a fallar y traigo esto ante ti».
El Señor nunca responde: «¡Qué vergüenza! ¡Bájate y de mi vista. Haz penitencia durante las próximas tres semanas». …Él dice: «A medida que vayas bajando lentamente, vete limpio, tranquilo y perdonado». Así que bajamos, contentos de haber sido perdonados…solo para volver a pecar otra vez. Entonces estamos otra vez subiendo esa viga. Por consiguiente, la vida cristiana puede sentirse como un yoyó. Sube y baja, sube y baja. A medida que envejecemos y aprendemos nuestras lecciones, subimos esa viga con mucho menos frecuencia, pero nunca [nunca, nunca, nunca…] llegamos al punto de nunca necesitar buscar el perdón de Dios. …[Para fortuna nuestra], su perdón nunca se agota.[4]

2. Dios ofrece continuamente perdón y limpieza de pecados a expensas de nuestra confesión. Recuerde: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad». 1 Juan 1.9.
3.La indulgencia divina provee una conciencia pacífica. Nuestra conciencia puede que sea invisible pero ciertamente no está inactiva. ¿A quién no lo mantienen despierto los ruegos, los reclamos, las acusaciones de la conciencia?  Una conciencia acusadora nos puede quitar el apetito, robarnos el sueño y mantenernos distraídos. También nos puede hacer sentir culpables. Nada más aliviador que reclinar nuestras cabezas sobre la almohada de una conciencia limpia, desempolvada de telarañas de pecados y culpas del pasado. 
Una conciencia pacífica viene como resultado de haber explorado nuestros corazones y haber confesado nuestros pecados y obtenido la indulgencia de Dios. 
Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada y ha sido cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor No atribuye iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño……Salmos 32.1, 2






[1] Charles Swindoll, David: un hombre de pasión y destino (El Paso Texas, EE.UU.: Editorial Mundo Hispano, 2010), 218,219.
[2] Ibid.
[3] John MacArthur, Biblia de estudio MacArthur (Nashville, Tennessee: Grupo Nelson, 2012), 1819.
[4] Charles Swindoll, Abraham, la increíble jornada de fe de un nómada (Carol Stream, Illinois: Tyndale House Publisher, Inc., 2015), 202.